Chapter 11

La paz en la mansión Valdivia era una mentira pintada de blanco. Marbella despertaba con un sol radiante que se filtraba por los ventanales de seda de la suite principal, bañando la cama de dosel donde Lucía intentaba convencerse de que la guerra había terminado.

Se giró entre las sábanas de mil hilos, sintiendo el calor sólido de Diego a su espalda. Durante seis meses, ese calor había sido su único refugio. Diego ya no dormía con el arma sobre la mesa de noche, sino en el cajón, un pequeño gesto de confianza que para un hombre como él equivalía a una rendición total.

Pero esa mañana, el aire olía distinto. No era el aroma a café recién hecho ni el salitre del Mediterráneo. Era un olor metálico, rancio... el olor de las criptas.

Lucía abrió los ojos y ahogó un grito.

Sobre su almohada, a escasos centímetros de su rostro, reposaba una rosa negra. Sus pétalos eran aterciopelados, de un oscuros tan profundo que parecía absorber la luz del sol. No era una flor natural; estaba bañada en una resina que la mantenía eternamente marchita.

—Diego... —susurró Lucía, su voz apenas un hilo de aire.

Diego se incorporó con la explosividad de un resorte. Sus ojos grises escanearon la habitación en un segundo, detectando la intrusión. Antes de que Lucía pudiera reaccionar, él ya tenía su mano sobre la empuñadura del arma que juró no usar en su dormitorio.

—No la toques —gruñó Diego, apartando a Lucía con un brazo protector mientras se levantaba, desnudo y cubierto de cicatrices que contaban la historia de su linaje—. Esa marca... es de La Hermandad Blanca.

—¿La Hermandad? —Lucía se envolvió en su bata de seda, temblando a pesar del calor—. Diego, matamos a Lorenzo. Tu padre está bajo tierra. Isabella está en una celda. ¿Quién queda para enviarnos flores de muerto?

Diego no respondió. Se acercó a la rosa y, con la punta de un abrecartas de oro, le dio la vuelta. En el tallo, entrelazado con las espinas, había un anillo de sello con un grabado que Lucía reconoció al instante: una balanza sostenida por una espada.

—Mi padre no era el dueño de Marbella, Lucía. Era un administrador —dijo Diego, su voz volviéndose de piedra—. La Hermandad son los que realmente sostienen los hilos en Europa. Los Valdivia les debemos nuestra fortuna, nuestras rutas... y nuestra sangre. Vicente firmó un pacto antes de que yo naciera. Un pacto que nunca mencionó.

De repente, un grito desgarrador rompió el silencio de la mansión. Venía del ala de invitados, donde Mateo dormía bajo la vigilancia de dos guardias de élite.

Corrieron por el pasillo. Diego no esperaba a nadie; pateó la puerta de la habitación de su hijo. Los dos guardias estaban de pie, inmóviles, como estatuas de sal. No estaban muertos, estaban sedados en pie, con los ojos abiertos pero vacíos.

En el centro de la habitación, Mateo estaba sentado en su cama, abrazando a su perro. Estaba ileso, pero su mirada estaba fija en la pared frente a él.

Clavado con una daga de oro macizo directamente sobre el cabecero de la cama, había un pergamino de piel de cordero.

—¡Mateo! —Lucía se lanzó sobre su hijo, revisando cada centímetro de su cuerpo con la desesperación de una loba—. ¿Quién entró aquí, mi vida? ¿Quién te dio esto?

—Un hombre con una máscara de pájaro, mamá —susurró el niño, con una calma que aterrorizó a Lucía—. Dijo que venía a cobrar una moneda que el abuelo le prometió. Dijo que yo era la moneda.

Diego arrancó el pergamino de la pared con tal fuerza que la daga vibró. Sus manos, siempre firmes al disparar, temblaron ligeramente al leer el latín antiguo.

"Un heredero por un imperio. La deuda se paga cuando la semilla alcance su sexto invierno" —leyó Diego. Su mirada se ensombreció—. Mateo cumple seis años en siete días.

—¡No! —Lucía se puso en pie, enfrentándose a Diego con los ojos encendidos—. ¡No me importa quiénes sean esos hombres! ¡No me importa qué trato hizo tu padre borracho de poder! ¡Nadie se lleva a mi hijo!

—Lucía, no entiendes... —Diego intentó tomarla por los hombros, pero ella lo empujó—. La Hermandad no son sicarios. Son jueces, políticos, obispos. Tienen ojos en cada rincón de esta casa. Si han entrado aquí, en mi santuario, es porque quieren demostrarme que mi poder no significa nada para ellos.

En ese momento, el teléfono privado de Diego, aquel cuyo número solo conocían tres personas en el mundo, vibró sobre la mesita de noche de Mateo.

Diego contestó, poniendo el altavoz.

Don Valdivia —una voz distorsionada, calmada y aristocrática, llenó la habitación—. Felicidades por su victoria sobre los Lozano. Fue un espectáculo entretenido. Pero las deudas de sangre no prescriben con la muerte del deudor.

—Vicente está muerto —escupió Diego—. Si quieren dinero, pongan una cifra. Si quieren rutas, tómenlas. Pero el niño no se toca.

No buscamos su oro, Don Valdivia. Buscamos el equilibrio. El abuelo de Mateo prometió que el primer varón de la tercera generación sería entregado para ser iniciado en la Hermandad. Es el precio por haberle permitido reinar en Marbella durante cuarenta años.

La voz hizo una pausa, y un escalofrío recorrió la espalda de Lucía cuando el hombre volvió a hablar, esta vez dirigiéndose a ella.

Y usted, Lucía Vega... o debería decir, Lucía de la Cruz. ¿De verdad cree que su padre, el "pobre contable", murió por accidente? Pregúntele a su amante por qué el expediente de su padre está guardado en la caja fuerte secreta de los Valdivia. Pregúntele quién era realmente el hombre que la crió.

Diego cerró los ojos, y Lucía sintió que el mundo se detenía. Miró a Diego, buscando una negación, un gesto de confusión. Pero solo encontró silencio.

—¿De qué está hablando, Diego? —preguntó Lucía, su voz volviéndose peligrosa—. ¿Qué expediente? ¿Qué tiene que ver mi padre con esta gente?

Diego cortó la llamada y miró a sus hombres, que ya rodeaban la habitación.

—Saquen a Mateo de aquí. Llévenlo al búnker del sótano. Nadie entra, nadie sale. Si alguien respira cerca de esa puerta sin mi permiso, mátenlo.

Cuando estuvieron solos, Diego se giró hacia Lucía. Su rostro era una máscara de culpa y acero.

—Tu padre no era un contable, Lucía. Era un recolector de información para la Hermandad. Él fue quien le sugirió a mi padre que tú fueras la mujer elegida para mí hace cinco años. No fue el destino lo que nos unió... fue un diseño.

Lucía retrocedió, sintiendo que cada beso y cada promesa de los últimos meses se convertía en ceniza.

—¿Me estás diciendo... que mi padre me vendió a tu familia? ¿Que todo esto fue un plan de hace años?

—Te estoy diciendo que estamos en medio de una guerra que empezó antes de que naciéramos —Diego dio un paso hacia ella, posesivo, tratando de reclamar su lealtad—. Pero no me importa el diseño. Eres mi mujer. Y voy a quemar el mundo entero antes de que esa Hermandad ponga un dedo sobre ti o sobre Mateo.

Lucía se da cuenta de que no puede confiar ni en sus propios recuerdos. Si su padre trabajaba para la Hermandad, ¿es posible que él todavía esté vivo? ¿O fue Diego quien dio la orden de eliminarlo cuando descubrió que era un espía? La desconfianza comienza a pudrir la relación justo cuando más necesitan estar unidos para la cena del sexto cumpleaños de Mateo... donde la Hermandad ha prometido hacer su aparición formal.

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