Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl aire en el despacho de Diego se sentía cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Lucía se erizara. Miró a Mateo, su pequeño guerrero de ojos grises, y supo que no podía esperar a que Diego "resolviera" la situación. Diego era un martillo; el mundo para él era un clavo que debía ser golpeado. Pero la Hermandad era humo, y el humo no se golpea, se dispersa.
—Mateo, ve con Bruno al búnker. Ahora —ordenó Lucía, guardando la llave del banco en su escote. Su voz no tembló, a pesar de que sus entrañas eran un nudo de hielo.
—¿Mamá? ¿Vas a buscar a papá?
—Voy a asegurar nuestro futuro, pequeño. No se lo digas a nadie. Es nuestro secreto, ¿recuerdas? El secreto de la leona.
El niño asintió con una seriedad impropia de sus cinco años y salió del despacho. Lucía no perdió tiempo. Sabía que Diego estaría monitoreando las cámaras desde el subsuelo, pero también conocía sus puntos ciegos. Durante meses, mientras paseaba por los jardines simulando ser la "esposa perfecta", había mapeado las rutas de escape de los suministros de cocina.
Se cambió el vestido de seda por unos pantalones de cuero negro y una chaqueta que ocultaba las dos armas que había tomado de la caja fuerte. No era Lucía Valdivia la que salía por la puerta de servicio entre las cajas de vino francés; era Lucía Vega, la hija del hombre que engañó a la Mafia.
Logró salir del perímetro de la mansión saltando el muro este, donde la vegetación era más espesa. A un kilómetro de distancia, en una gasolinera desierta, encontró el coche que había alquilado bajo un nombre falso semanas atrás, "por si acaso". Su instinto de supervivencia nunca se equivocaba.
El Banco de Marbella era un edificio de cristal y acero que brillaba bajo el sol de la tarde como un colmillo de plata. Lucía entró con la cabeza alta, ocultando su rostro tras unas gafas oscuras de diseñador.
Al llegar a la zona de cajas de seguridad, el silencio era sepulcral. El empleado, un hombre de rostro inexpresivo, la guio hacia las profundidades del edificio.
—Caja 404 —dijo el hombre, dejándola sola en la pequeña habitación blindada.
Lucía insertó la llave. El corazón le golpeaba el pecho como un pájaro enjaulado. Al abrir la caja, no encontró dinero. Encontró un dispositivo de grabación antiguo y un sobre con el sello de cera de la Hermandad Blanca.
Presionó play.
—"Lucía... si estás escuchando esto, es porque Diego finalmente te ha fallado" —la voz de su padre, Arturo, sonaba cansada, filtrada por el tiempo—. "No confíes en el linaje Valdivia. Vicente no solo compró tu vida; compró tu útero. El pacto con la Hermandad no era por Mateo... era por el segundo hijo. El que aún no sabes que llevas dentro."
Lucía sintió que el mundo giraba. Su mano bajó instintivamente a su vientre, aún plano. Nadie lo sabía. Ni siquiera ella estaba segura, pero los mareos de las últimas mañanas cobraron un sentido terrorífico.
—"Diego sabe que estás embarazada, Lucía. Y sabe que la Hermandad vendrá por este bebé para criarlo como el Sumo Sacerdote de su orden. Él te está ocultando la verdad para que no huyas. Si quieres salvar a tus hijos, debes ir a la dirección que está en el sobre. Allí encontrarás al único hombre que Diego teme más que a la muerte: el Carnicero de Sicilia."
De repente, la puerta de la bóveda se abrió con un estruendo. No era el empleado del banco.
Diego estaba allí, con el rostro desencajado por una furia que Lucía nunca había visto. Sus ojos estaban inyectados en sangre y su camisa, abierta, dejaba ver el vendaje fresco de su hombro. Detrás de él, diez hombres armados bloqueaban la salida.
—¿Creíste que podías salir de mi casa sin que yo lo supiera? —la voz de Diego era un rugido bajo, peligroso—. ¿En el coche de un desconocido? ¿A una caja de seguridad que no está a mi nombre?
—Me mentiste, Diego —dijo Lucía, levantando el dispositivo de grabación como si fuera un arma—. Sabías lo de mi padre. Sabías lo del pacto. ¡Y sabías esto! —se señaló el vientre—. ¿Cuándo pensabas decírmelo? ¿Cuando la Hermandad viniera a arrancarme al bebé de las entrañas?
Diego se congeló. La furia en sus ojos fue reemplazada por una vulnerabilidad momentánea que desapareció tan rápido como llegó.
—Es por su seguridad, Lucía. Si te lo decía, entrarías en pánico. La Hermandad tiene espías en tus propias emociones. Necesitaba que parecieras normal hasta que yo pudiera eliminar la amenaza.
—¡Tú no eliminas amenazas, Diego! ¡Tú las coleccionas! —Lucía dio un paso al frente, con el arma apuntando directamente al pecho del hombre que amaba—. Apártate. Me voy. Y si intentas detenerme, juro por la vida que llevo dentro que Marbella se quedará sin Don hoy mismo.
Diego dio un paso hacia ella, ignorando el cañón del arma. Se detuvo cuando el metal tocó su esternón. Tomó la mano de Lucía, obligándola a sentir el latido salvaje de su corazón.
—No vas a disparar, reina. Porque si te vas, ellos te encontrarán en una hora. Fuera de mis muros, eres una presa. Dentro de ellos, eres una diosa. Elige.
En ese momento, las luces del banco parpadearon. Una risa infantil resonó por los altavoces del sistema de seguridad del banco.
—"Papá... Mamá... el hombre de la máscara dice que el juego ha empezado."
Era la voz de Mateo. Pero Mateo debería estar en el búnker a diez kilómetros de allí.
Diego y Lucía se miraron, el odio y la desconfianza olvidados ante el terror compartido. En la pantalla de seguridad del banco, vieron la imagen de la mansión Valdivia... envuelta en llamas.







