El aire en el despacho de Diego se sentía cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Lucía se erizara. Miró a Mateo, su pequeño guerrero de ojos grises, y supo que no podía esperar a que Diego "resolviera" la situación. Diego era un martillo; el mundo para él era un clavo que debía ser golpeado. Pero la Hermandad era humo, y el humo no se golpea, se dispersa.
—Mateo, ve con Bruno al búnker. Ahora —ordenó Lucía, guardando la llave del banco en su escote. Su voz