El choque fue brutal.
El garrote del monstruo se estrelló contra la tierra, levantando un cráter de polvo y huesos. La onda expansiva derribó a soldados y espectros por igual, haciendo vibrar hasta las entrañas de la montaña. Los lobunos, con gruñidos feroces, hundieron garras y colmillos en los enjambres oscuros que brotaban de la herida de la bestia. Los exiliados mantuvieron la formación, lanzando jabalinas rúnicas que estallaban en destellos de plata.
Y en el centro