El amanecer llegó como un suspiro.
No fue una irrupción, sino un roce: el oro se filtró entre las hojas, despertando el murmullo del bosque, el canto de los pájaros y el rumor tranquilo del agua que descendía por los canales de Luminaria.
Amara abrió los ojos lentamente.
El primer pensamiento que cruzó su mente no fue una preocupación ni un recuerdo, sino un simple hecho: el aire olía distinto.
Más limpio. Más vivo.
Estaba tendida en el pecho de Lykos, cuya