La mañana en Luminaria amaneció con un resplandor casi irreal. El aire tenía ese aroma fresco que solo aparece después de la lluvia nocturna: tierra húmeda, flores recién abiertas y el leve toque metálico del faro al despertar su brillo. Desde las torres más altas, las campanas entonaban un canto pausado, como si incluso el sonido hubiera aprendido a no perturbar la paz que cubría la ciudad.
En la terraza del faro, Amara observaba el horizonte envuelta en una capa de terciopelo