El amanecer llegó envuelto en un silencio inusual.
El mar, que horas antes había rugido con furia primitiva, ahora respiraba en un vaivén tranquilo, arrullando la costa como si nada hubiera ocurrido.
El faro, ennegrecido por las descargas de energía, aún se mantenía en pie. Las runas, agotadas, pulsaban débilmente como corazones cansados.
Lykos observaba desde el balcón superior, el torso desnudo, los vendajes frescos en el costado. La brisa salada le acariciaba la piel,