El amanecer se filtraba entre las cortinas de lino blanco, bañando la habitación con un resplandor dorado y tibio. El aire olía a tierra húmeda y flores frescas; un aroma nuevo en el Castillo de Luminaria, donde durante años había predominado el hierro, el incienso y la sangre.
El viento soplaba suave desde las montañas, trayendo consigo el canto de los halcones y el murmullo de las fuentes del patio central.
Amara abrió los ojos lentamente, envuelta en la sensación de una calma extraña y casi