La mañana estaba gris, como si el cielo mismo presintiera la tormenta que estaba por estallar en la mansión. El aroma a café recién hecho se mezclaba con el de las flores que las chicas habían puesto en un jarrón sobre la mesa del comedor. Sin embargo, ni el aroma ni la tibieza del hogar lograban calmar el nudo que tenía en el estómago.
Llevaba más de veinte minutos sentada en la orilla de la cama, con el teléfono entre las manos, dudando si marcar o no. Sus dedos temblaban. Finalmente, se obli