El aire en el pasillo de la clínica era denso, cargado de ansiedad. El tic-tac del reloj parecía martillar cada segundo en la sien de Maximiliano. Había caminado tanto en círculos que la suela de sus zapatos empezaba a chirriar contra el suelo encerado. De pronto, un grito distinto rompió la espera. No era el dolor de Ana… era un llanto agudo, frágil y a la vez poderoso, que atravesó las paredes como un milagro.
Maximiliano se quedó inmóvil, con el corazón desbocado. Las lágrimas se le agolparo