El aire en el pasillo de la clínica era denso, cargado de ansiedad. El tic-tac del reloj parecía martillar cada segundo en la sien de Maximiliano. Había caminado tanto en círculos que la suela de sus zapatos empezaba a chirriar contra el suelo encerado. De pronto, un grito distinto rompió la espera. No era el dolor de Ana… era un llanto agudo, frágil y a la vez poderoso, que atravesó las paredes como un milagro.
Maximiliano se quedó inmóvil, con el corazón desbocado. Las lágrimas se le agolparon en los ojos incluso antes de que una enfermera apareciera en la puerta con una sonrisa.
—Señor… felicidades. El bebé ha nacido.
El hombre sintió que las piernas se le aflojaban. Avanzó tambaleante, casi sin escuchar el resto de las palabras. Su respiración era entrecortada, como si hubiera corrido kilómetros.
—¿Y Ana? —preguntó, con un hilo de voz.
—Está exhausta, pero estable. El parto fue complicado, pero ella luchó con todas sus fuerzas.
Maximiliano cerró los ojos con un suspiro que fue mit