El alta llegó antes de lo que Ana Lucía esperaba. Los médicos, tras varios días de vigilancia estrecha, decidieron que estaba lista para continuar la recuperación en un ambiente menos aséptico y más humano. Había avances notables: su presión era estable, su respiración más firme, y aunque todavía debía caminar despacio y con ayuda, su cuerpo había respondido a la vida como quien se aferra con uñas y dientes.
La noticia corrió entre los suyos como un fuego dulce. Maximiliano fue el primero en sonreír con esa mezcla de alivio y orgullo que se le había vuelto habitual desde que Ana despertó. Tomó la mano de ella y la besó con un fervor casi adolescente.
—Amor, nos vamos a casa. Ya no más paredes frías ni luces que nunca se apagan. Vas a respirar aire limpio, vas a sentir el calor de un hogar.
Ana Lucía asintió, con los ojos brillando de emoción. Una lágrima se le deslizó por la mejilla, pero no era de miedo. Era la sensación de volver a empezar.
Doña Adela, siempre al pie del cañón, se p