El cielo de la tarde parecía estar en pausa. Las nubes, densas y de un gris suave, filtraban la luz del sol hasta convertirla en un resplandor apagado, como si el día también estuviera conteniendo la respiración. Un viento tibio se colaba por las rendijas de las ventanas de la habitación de Ana Lucía, agitando apenas las cortinas.
El silencio entre ella y Maximiliano pesaba como una piedra invisible en medio. Él estaba de pie, junto a la ventana, con las manos en los bolsillos y la mirada fija