El segundo amanecer en la mansión fue distinto para Ana Lucía. Aunque todavía se sentía frágil, la rutina de amor que la rodeaba había empezado a devolverle un brillo perdido. El olor a café recién colado llegaba desde la cocina, mezclado con el perfume de los jazmines del jardín que se filtraba por la ventana abierta. Desde la cama, podía escuchar las risas de Emma en el pasillo, inventando juegos con Camila, y el murmullo grave de la voz de Maximiliano conversando con un empleado sobre un detalle de la seguridad.
Todo parecía en orden. La casa respiraba un aire de paz. Sin embargo, esa paz estaba destinada a romperse.
Eran cerca de las once de la mañana cuando un sonido metálico, seco y contundente, retumbó en el portón principal. El golpe no fue el usual timbre discreto de los visitantes, sino un llamado fuerte, casi desesperado. Los guardias se miraron entre sí antes de abrir la reja con cautela.
En la entrada se encontraba Francisco. Su figura era inconfundible: traje oscuro, cab