El día de la salida llegó más pronto de lo que Ana Lucía esperaba. La mañana amaneció clara, con un sol dorado que se filtraba por las persianas de la clínica. Afuera, el bullicio de los autos y el canto lejano de algunos pájaros parecían celebrar el inicio de una nueva etapa.
Ana estaba recostada en la cama, con Emmanuel en sus brazos, dormido profundamente. La fragancia del jabón neutro y las sábanas limpias se mezclaba con el olor dulzón de la leche materna. Sentía el peso tibio de su hijo contra su pecho, y esa sensación la llenaba de una calma indescriptible.
Maximiliano entró con una sonrisa luminosa, sosteniendo una bolsa con la ropa que había elegido para ella. Su mirada brillaba con un orgullo sereno.
—Ya firmaron los papeles, amor. Hoy volvemos a casa —anunció, acariciándole la frente con ternura.
Ana Lucía sonrió, aunque sus ojos se humedecieron.
—Parece mentira… apenas ayer lo tenía dentro de mí, y ahora lo llevo aquí, respirando en mis brazos.
Maximiliano se inclinó y be