El salón del consejo vibraba con tensión. Las paredes de madera antigua, testigos de generaciones de decisiones que habían moldeado el destino de la manada, parecían encogerse ante la intensidad del enfrentamiento. Kael permanecía de pie, sus manos apoyadas sobre la mesa circular, mientras las miradas de los ancianos lo atravesaban como dagas envenenadas.
—Lo que propones es una locura, Alfa —espetó Meredith, la anciana de cabello plateado cuya voz rasposa resonaba con autoridad—. Has permitido