El amanecer se asomaba tímidamente por el horizonte cuando los gritos comenzaron a escucharse desde la casa principal. Lía, que apenas había logrado conciliar el sueño, se incorporó de golpe en la cama. Su corazón latía desbocado mientras aguzaba el oído, intentando descifrar lo que ocurría.
—¡Es por el bien de todos! —La voz de Héctor, uno de los ancianos del consejo, resonaba con fuerza—. ¡No podemos arriesgar a toda la manada por una hembra y tres cachorros!
Lía se levantó de un salto y corr