Mundo ficciónIniciar sesiónMeissa, la Luna de Cuerno de Plata, murió injustamente a manos de su propio Alfa, acusada de la muerte de su primer amor. La Diosa Luna le otorga una segunda oportunidad: renacer en el pasado y cambiar su destino. Esta vez, planea rechazar al Alfa Lacron, unirse a la manada enemiga y salvar la paz entre las manadas, evitando la tragedia que una vez destruyó su vida. Sin embargo, el deseo obsesivo de Lacron y el hallazgo de su verdadero mate pondrán a prueba su corazón. Entre traiciones, alianzas inesperadas y pasiones prohibidas, Meissa deberá aprender a amar de nuevo y luchar por el destino que siempre le estuvo destinado.
Leer más“Cuando Lauryn, el primer amor del Alfa Lacron, murió, él se quedó a su lado llorando. Dos años atrás la había dejado para casarse conmigo, atrapado por una promesa de sangre que no podía romper, y ahora el arrepentimiento lo consumía
Cuando me miró sus ojos estaban llenos de rabia, y odio.
—¡Tú me robaste a mi mate, a mi primer y único amor! ¡Tú eres quien debió morir! —dijo y se lanzó como una bestia oscura contra mí.
Rogué a la Diosa Luna que, si tenía otra oportunidad, otra vida, no me permitiera volver a amarlo…”
Meissa despertó con un grito.
La manada se debatía en un aullido de dolor visceral.
Se levantó de un salto, las sábanas cayendo a su alrededor.
Sus pies tocaron el frío suelo, y por instinto corrió hacia la ventana del dormitorio. Sus manos temblaban al apoyarse en el marco; su corazón latía tan rápido que creía que iba a estallar.
Desde allí lo vio todo.
El patio de la manada, lugar de celebraciones y victorias, ahora se había transformado en un cementerio de gritos.
Los alaridos desgarradores atravesaban las paredes del castillo y hacían que su piel se erizara.
No eran voces normales. Eran lamentos que desgarraban el alma, llenos de rabia, dolor y desesperanza.
Los guardias avanzaban con solemnidad, cargando un féretro oscuro. La madera absorbía la luz del sol, como si el mundo mismo se negara a presenciar la escena.
Las doncellas se arrodillaban, llorando a solas, y cada paso, cada respiración colectiva, parecía un golpe directo al corazón de Meissa.
Entonces, su sirvienta leal se acercó.
—Luna Meissa, ha muerto, Lady Lauryn murió en la manada de los enemigos, no soportó estar casada con el Alfa de la manada Oscura y se suicidó.
El corazón de Meissa se detuvo cuando lo vio.
Lacron. Su esposo, su Alfa, de rodillas ante la muerte. Sus ojos rojos, inflamados de dolor, clavados en la caja que contenía… Lauryn. Su primer amor. Su verdadera mate. La loba a la que él había renunciado por ella.
El grito de Lacron no era humano. Era animal, visceral, desgarrador. Su lobo interior rugía de rabia y dolor.
Meissa retrocedió, intentando escapar de ese dolor que se sentía injusto, pero no había refugio.
Su mundo se derrumbaba delante de sus ojos.
Y luego… la madre de Lauryn apareció. Su llanto no era contenido: era un rugido que desgarraba el alma, un dolor tan absoluto que cada lobo presente se estremeció.
Meissa sintió que cada lágrima que caía sobre ella era un golpe, una acusación muda.
Corrió, salió a toda prisa al patio. Toda la manda sentía el dolor del Alfa.
De pronto, volvió a la realidad, y sintió una mirada contra ella, una mirada cruel y letal.
Era Lacron. Sus ojos, rojos y feroces, brillaban con ira y dolor. Su lobo se agitaba dentro de él, salvaje, imposible de contener.
Meissa sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—¡Tú! —rugió Lacron, la voz desgarrada—. ¡Tú la mataste! Era mi mate, mi destinada… ¡Murió por tu egoísmo!
Meissa apenas podía hablar, un hilo de voz quebrado se escapó:
—Lacron… Tú elegiste ser mi compañero, ¿Cómo dices esto? ¿Nunca pudiste amarme siquiera una vez?
Él soltó una carcajada amarga, cruel. Cada palabra era un látigo que le atravesaba el pecho.
—¿Por qué te amaría? —escupió—. Cumplí la promesa a tu madre. Me casé contigo… pero nunca te amé. Nunca. Cada noche junto a ti fue un deber. Y ahora… ahora que ella está muerta, la muerte debió ser tuya.
Su lobo interior aulló. Cada palabra era fuego. Cada gesto, una daga. Meissa sintió que su mundo se fragmentaba.
Lacron la miraba con odio.
Meissa se levantó, y corrió alejándose, aplastando su alma.
Al llegar a su habitación, cayó de rodillas.
Ella se abrazó a sí misma, cayó de rodillas y lloró hasta quedar sin lágrimas.
—Me odia… —susurró—. Nunca me amó…
***
El día siguiente la encontró agotada.
No había dormido, y el cansancio la envolvía como niebla espesa.
De repente, los guardias entraron y la sujetaron con fuerza por los brazos.
—¡Suéltenme! —gritó—. ¿A dónde me llevan?
No obtuvo respuesta.
La llevaron al paredón, el lugar donde el Alfa dictaba sentencia sobre los traidores.
Allí estaba Lacron, con Ralf, el Alfa Emérito, y la madre de Lauryn, su mirada vacía y fría.
—¡Asesina! —le gritaba la madre de Lauryn y la misma manada Cuerno de plata también se lo gritaba.
Su loba aullaba ante la humillación y el dolor.
—Yo, Lacron, Alfa de Cuerno Plata —declaró con voz helada—, te rechazo, Meissa. Como mi pareja. Como Luna de esta manada.
Un murmullo recorrió la manada. El vínculo se quebró. El aire se llenó de tensión, de miedo y de dolor.
—Si hay otra vida —continuó—, nunca volveré a elegirte, como esposa.
Meissa sintió cómo cada palabra se clavaba en su corazón. Pero algo dentro de ella se encendió: una llama fría de determinación.
—Yo, Meissa de Cuerno Plata —dijo, con voz firme—, acepto tu rechazo. Y te rechazo como mi Alfa. Si hay otra vida… nunca volveré a amarte.
El lazo se quebró.
El dolor fue insoportable.
Cayó de rodillas, su loba retorciéndose dentro de ella, gritando su furia y desesperación.
Entonces, vio como Lacron tomaba una espada de plata, la que usaba para matar a enemigos, supo que ahora ella era su peor enemiga.
“Lacron… una vez te amé tanto… ¿Y ahora, así me pagas mi amor y lealtad?”
—Meissa, tu egoísmo mató a mi Lauryn, ahora, yo te mataré a ti.
La espada atravesó su pecho, haciéndola escupir sangre, ella cayó en una lenta agonía.
Pero antes de que la oscuridad la reclamara, vio cómo una flecha atravesaba el cuello de Lacron… otra, y otra.
Gritos. Guerra. La manada de la Luna Oscura atacaba.
Lacron cayó, moribundo, y Meissa lo miró, con la tristeza y la rabia, mezclándose en cada latido de su corazón.
Había amado demasiado… y la habían traicionado.
Sus ojos se cerraron, intentó atrapar una última bocanada de aire, y no pudo, se desvaneció; había muerto.
—¿Qué está diciendo, Su Alteza? —preguntó Ainoha con evidente desconcierto—. No soy una traidora ni alguien malvado. Solo traje algo que puede ayudar al Alfa.La joven sostenía aún el cuenco de plata entre las manos. El vapor de las hierbas medicinales ascendía lentamente mientras todos los presentes observaban en silencio.El príncipe Marvin seguía respirando agitadamente.Sus ojos estaban clavados sobre Ainoha con desconfianza.—No sabemos qué puso ahí —insistió él—. Mi padre está débil. Cualquiera podría aprovechar este momento para dañarlo.Ainoha retrocedió apenas, herida por aquellas palabras.Pero antes de que pudiera responder, Luna Meissa se puso de pie.La presencia de la reina llenó la habitación de inmediato.Sus ojos plateados se endurecieron mientras miraba al príncipe.—Príncipe Marvin —dijo con voz firme—, controle su vocabulario cuando se dirija a la futura princesa Ainoha, quien además será su cuñada.Las palabras cayeron pesadas sobre la habitación.Marvin apretó los
—¡El Alfa Lysander ha despertado! —exclamó el beta Itan con la voz cargada de emoción.La noticia atravesó el palacio como una ráfaga de viento.Los guardias se enderezaron de inmediato. Los sirvientes comenzaron a murmurar entre ellos. Algunos mostraban alivio… otros, preocupación.Y apenas la reina Luna Meissa escuchó aquellas palabras, corrió por los largos pasillos del palacio sin importarle su posición ni la mirada de los demás.Necesitaba verlo.Necesitaba saber que seguía vivo.Después de semanas enteras viéndolo debatirse entre la vida y la muerte, sintiendo cómo el vínculo de pareja se debilitaba cada día, Meissa había vivido aterrorizada.El Alfa Lysander no era solo el rey de la manada lunar.Era su compañero destinado.El hombre que la Luna le había entregado.Mientras tanto, en otra ala del palacio, no todos celebraban la noticia.Lady Stelle observaba por la ventana con el rostro endurecido.Sus ojos brillaban con una mezcla peligrosa de rabia y desesperación.Apenas conf
Marvin no pudo responder de inmediato.Las palabras parecían haberse quedado atrapadas en su garganta, pero su cuerpo hablaba por él. Sus puños estaban tan apretados que los nudillos se le blanquearon, y la tensión en sus hombros era evidente. La rabia lo consumía desde dentro, como un incendio imposible de apagar.Sus ojos, oscuros y cargados de resentimiento, seguían a Zaric y a Ainoha, como si quisiera desgarrarlos con la mirada.—¡Esto es una trampa! —escupió finalmente, con la voz cargada de furia—. ¡Quieren arruinarme!El murmullo de la manada se alzó en respuesta. Algunos intercambiaron miradas, otros simplemente observaban en silencio, conscientes de que lo que estaba ocurriendo no era un simple desacuerdo… era una fractura dentro del linaje.Entonces, la Reina Luna, Meissa, dio un paso al frente.Su presencia bastó para acallar cualquier ruido.Sus ojos se clavaron en Marvin, fríos, analíticos… y ligeramente decepcionados.—¿Una trampa? —repitió con calma, pero su tono tenía f
Marvin lo miró con una rabia que parecía arderle en la sangre, como si cada palabra que acababa de escuchar hubiera encendido algo salvaje dentro de él.—¡Eso es imposible! —reclamó, su voz cargada de furia, resonando en todo el salón como un trueno.Pero el príncipe Zaric no retrocedió.Al contrario, sonrió.No fue una sonrisa amable ni conciliadora, sino una llena de burla, de seguridad… de alguien que sabía perfectamente el poder que tenía en ese momento.—Nada es imposible para el amor —respondió con calma, aunque en el fondo de sus ojos brillaba un desafío claro.El ambiente cambió de inmediato.La tensión se volvió casi tangible, como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado. Los miembros de la manada observaban en silencio, conteniendo la respiración, conscientes de que estaban presenciando algo que podía desatar una guerra interna.Entonces, Zaric giró lentamente la cabeza hacia Ainoha.Sus ojos, que antes habían sido duros, se suavizaron apenas al mirarla.—Ainoha… —dijo,
Último capítulo