El aire en la sala del consejo se había vuelto denso, casi irrespirable. Lía observaba las miradas divididas entre los ancianos, algunos con temor, otros con desconfianza. El chamán Orestes permanecía de pie en el centro, sosteniendo un pergamino amarillento que parecía desmoronarse entre sus dedos arrugados.
—Lo que estoy a punto de revelar ha permanecido oculto por generaciones —anunció con voz grave—. Pero los signos son innegables. La luna roja, los trillizos nacidos bajo su influjo, los po