La luna se alzaba como un ojo vigilante sobre el territorio de la manada, bañando con su luz plateada los árboles que rodeaban la casa principal. Dentro, el silencio pesaba como una losa. Habían pasado tres días desde el ritual, y la división entre los miembros de la manada era palpable. Algunos evitaban cruzarse con Lía en los pasillos, otros la miraban con una mezcla de temor y respeto que ella nunca había pedido.
Lía permanecía sentada junto a la ventana de la habitación de Elian, observando