El grito quedó atrapado en su garganta cuando despertó. Lía se incorporó de golpe en la cama, con el cuerpo empapado en sudor frío y el corazón martilleando contra sus costillas como si quisiera escapar. La habitación estaba en penumbras, apenas iluminada por la luz plateada que se filtraba entre las cortinas.
La imagen seguía grabada en su retina: uno de sus pequeños, tendido sobre un círculo de piedras antiguas, con la piel pálida contrastando con la sangre que manaba de su pecho. Y sobre él,