El amanecer se filtró entre las cenizas como un susurro tímido. Lía abrió los ojos, desorientada, con el cuerpo adolorido y la garganta seca. A su alrededor, el claro del bosque donde se había realizado el ritual parecía un campo de batalla abandonado. Cenizas. Solo quedaban cenizas y el eco de gritos que ya nadie recordaba.
Se incorporó lentamente, sintiendo cada músculo protestar. Su vestido blanco, ahora gris por los restos del fuego ritual, se adhería a su piel como una segunda piel. Buscó