El bosque se había convertido en un laberinto de sombras. Cada árbol parecía idéntico al anterior, cada sonido un engaño para sus sentidos. Kael avanzaba con la desesperación marcada en cada músculo tenso de su cuerpo, olfateando el aire como el depredador que era, buscando el rastro de su hijo.
—¡Elian! —gritó Lía por enésima vez, su voz quebrándose en el silencio del bosque.
La luna comenzaba a elevarse en el cielo nocturno, y un tinte rojizo empezaba a teñir su superficie plateada. No era un