El salón del consejo vibraba con una tensión casi palpable. Los ancianos, sentados en semicírculo, observaban con expresiones severas a los tres pequeños que jugaban ajenos a la gravedad del momento. Lía permanecía de pie junto a ellos, su postura rígida traicionaba el miedo que intentaba ocultar. A su lado, Kael mantenía la barbilla alta, pero sus nudillos blancos revelaban su propio temor.
—Lo que presenciamos ayer no puede ignorarse —declaró Meredith, la anciana de cabello plateado que presi