El aire dentro de la furgoneta de carga olía a caucho quemado, Elara conducía con los nudillos blancos, esquivando las patrullas que ya empezaban a cercar los suburbios de Milán.
En la parte trasera, Lorenzo intentaba contener la hemorragia de su hombro con una mano, mientras vigilaba a Cassian, quien permanecía encogido en un rincón.
— ¡Elara! ¡Dante está reaccionando mal! — gritó Lorenzo, su voz perdiendo fuerza por la debilidad.
Elara miró por el retrovisor, Dante, tendido sobre un colchón s