La cercanía era asfixiante, Elara podía sentir el calor abrasador de su cuerpo y el olor a sangre y rabia. Los ojos de Dante escaneaban su rostro con una frialdad que la hizo estremecerse.
— Yo no tengo esposa, solo tengo enemigos — sentenció él, presionando su antebrazo contra la garganta de Elara, justo en el punto donde el pulso delata el miedo.
Elara lo miró directamente, no permitió que sus ojos se desviaran. Sabía que con los hombres como Dante, la debilidad era una invitación al asesinat