La luz mortecina de la bodega bañaba el rostro de Dante, resaltando las ojeras y la dureza de una mandíbula que parecía tallada en granito. Elara permanecía sentada a su lado, con el diario de la hermana de Dante aún en su regazo, como un escudo contra los fantasmas que empezaban a llenar la habitación.
— Mi padre no solo me pidió que callara, Elara — comenzó Dante, su voz era un hilo ronco que cortaba el silencio — Él me dio a elegir, o aceptaba la culpa de lo que Vincenzo hizo, o Vincenzo mat