El silencio en la bodega estaba lleno de calma, interrumpido solo por el siseo del botiquín de primeros auxilios. Elara deslizó el paquete envuelto en tela vieja sobre la mesa de roble, y sus manos temblaban mientras desataba el nudo que el tiempo había endurecido.
— ¿Qué es eso? — preguntó Dante, observándola mientras intentaba limpiar la herida de su costado con una mano torpe. Su voz sonaba exhausta, carente del tono dominante que solía usar.
— Lo encontré en un hueco de la pared — respondió