Martín sintió el peso de todo lo que acababan de descubrir caer sobre sus hombros como un bulto de papas. Durante unos segundos, solo escuchó el propio pulso en los oídos, como si su cuerpo quisiera sacarlo corriendo de esa realidad que acababa de romperle los esquemas.
Pero no se movió. Ni siquiera intentó entenderlo del todo. Se dejó caer en una silla, soltando un suspiro que parecía arrastrar años de ingenuidad y lealtad mal depositada.
—Miguel tiene que saber la verdad —murmuró, apoyando lo