El intento de acercamiento de Miguel se interrumpió con la llegada de los policías, pero el caos estaba lejos de terminar. Clara, con los ojos realmente rojos color sangre y una furia que rivalizaba con la de Miguel, vio a los oficiales entrar y supo que su fuga temporal había terminado. Pero no estaba dispuesta a rendirse.
En un acto de puro cálculo desesperado, empujó al niño, que aún lloraba desconsolado, directamente contra el pecho de Martín.
—¡Tómalo! —le escupió, aprovechando la confusió