Con la partida de un confundido y resuelto Martín, la casa quedó sumida en un silencio sereno y algo espeso. Sofía permanecía sentada al borde de la cama observando a su hija que dormía, sin moverse y con las manos entrelazadas sobre las rodillas.
Detallaba el rostro tranquilo de la niña, su cabello revuelto y los dedos pequeños que asomaban por la sábana. En ese ambiente quieto sentía que todo se comprimía dentro de su pecho, como si cada latido la obligara a enfrentar lo que llevaba días evit