El domingo amaneció en silencio, infiltrándose sin ruido en el ático.
La luz del alba atravesó los amplios ventanales, derramándose en un manto de oro líquido y suave, pero no logró iluminar ni un rincón del corazón de Carla. Aquella neblina que se había instalado en ella desde que supo que estaba en peligro no se había disipado ni un instante.
Y lo que ella desconocía era que, el día anterior, Maxton, al enterarse de lo ocurrido, sin consultar ni pedir opinión, había autorizado de inmediato a M