El domingo amaneció con una quietud engañosa que Karla había aprendido a desconfiar. Después de la revelación de Marcos el día anterior sobre Diana Salazar y los diez millones de dólares que Maxton había autorizado para comprar su silencio, Karla había pasado la mayor parte del sábado en un estado de vigilancia tensa, esperando que el teléfono sonara de nuevo con amenazas renovadas.
Pero no había pasado nada. Ninguna llamada. Ningún mensaje. Ningún sedán negro en el espejo retrovisor cuando Vic