La torre Vega se elevaba sobre el distrito financiero como un dedo de acero y cristal apuntando acusadoramente al cielo. Karla había pasado frente a ella cientos de veces en su vida, siempre desde la perspectiva de una hormiga mirando hacia arriba, nunca imaginando que algún día atravesaría sus puertas de vidrio pulido.
El vestíbulo olía a dinero y poder. El mármol italiano bajo sus zapatos gastados parecía juzgarla con cada paso, mientras los tacones de otras mujeres —ejecutivas con trajes carísimos— repiqueteaban con una confianza que ella jamás podría fingir. Karla se ajustó las gafas por tercera vez en dos minutos, un tic nervioso que no podía controlar, mientras la recepcionista la guiaba hacia el ascensor privado que conducía directamente a la oficina del CEO.
—Piso cuarenta y dos— dijo la mujer con una sonrisa perfectamente profesional—. El señor Vega la está esperando.
El ascensor subió tan suavemente que Karla apenas sintió el movimiento. Se miró en el espejo pulido, catalogando todos sus defectos. El cabello recogido en un moño que ya se estaba deshaciendo. La blusa blanca con un botón ligeramente descosido. Los pantalones negros que habían visto mejores días.
No era fea, se recordó. Solo era... ordinaria. Olvidable.
Las puertas se abrieron revelando una oficina que parecía sacada de una revista de arquitectura. Ventanales del piso al techo mostraban la ciudad extendiéndose como un organismo vivo. Y detrás del escritorio de caoba oscura, con la luz de la tarde creando un halo casi divino alrededor de su silueta, estaba Maxton Vega.
Karla había visto su foto en artículos de negocios. Pero ninguna imagen bidimensional podía capturar la presencia física del hombre cuando te miraba directamente con esos ojos grises que parecían disecar cada uno de tus secretos.
—Señorita Jiménez— dijo él, levantándose con un movimiento fluido—. Gracias por venir. Por favor, tome asiento.
Su voz era grave, controlada, del tipo que estaba acostumbrada a dar órdenes y recibir obediencia inmediata. Karla se sentó en la silla de cuero italiano frente al escritorio.
—Señor Vega, agradezco muchísimo la oportunidad— comenzó ella con palabras ensayadas—. Mi experiencia en traducción incluye proyectos corporativos de alto nivel, y estoy familiarizada con...
—No estoy buscando una traductora— interrumpió Maxton con una franqueza que la golpeó como agua fría.
Karla parpadeó detrás de sus gafas, confusión nublando su expresión.
—¿Perdón? Pero el correo decía...
—El correo fue deliberadamente vago— continuó él, entrecruzando los dedos sobre el escritorio—. Lo que estoy a punto de proponerle es... poco convencional. Requiere una mente abierta y una necesidad financiera lo suficientemente urgente como para considerar opciones que la mayoría rechazaría de inmediato.
El corazón de Karla comenzó a latir más rápido. Su mano se deslizó instintivamente hacia su bolso.
—Antes de que malinterprete— dijo Maxton, notando su lenguaje corporal—, no es nada sexual. Al menos, no en el sentido que está imaginando.
Eso no tranquilizó a Karla en absoluto.
Maxton presionó un botón y una pantalla descendió de la pared. Una imagen apareció: una mujer rubia, hermosa de manera artificial. Ojos azules, pómulos altos, labios carnosos.
—Esta es mi esposa— dijo Maxton con voz desprovista de emoción—. Está... de viaje prolongado. Tengo una hija de seis años, Rubi. Su madre era negligente, en el mejor de los casos. Pero Rubi la ama con la devoción ciega que solo los niños pueden tener.
Karla sintió una punzada de simpatía, pero no veía hacia dónde iba esto.
—Lo que necesito— dijo Maxton, y su mirada se clavó en ella con intensidad—, es alguien que pueda convertirse en mi esposa mientras ella está ausente. Alguien que pueda someterse a cirugía plástica para recrear su apariencia, aprender sus gestos, sus hábitos, su forma de hablar. Alguien que pueda ser la madre que Rubi necesita.
El silencio que siguió fue tan denso que Karla podía escuchar su propia respiración acelerada.
—¿Quiere que me convierta en su esposa? — las palabras salieron como un graznido.
—Quiero que seas la madre de mi hija— corrigió él—. Por cien millones de dólares. Más gastos médicos, alojamiento, y un fondo fiduciario que te mantendrá por vida una vez que el contrato termine en cinco años.
Cien millones. El número era tan absurdo que Karla no pudo procesarlo.
—Esto es una locura— susurró ella, levantándose tan rápido que la silla se volcó—. Usted está completamente demente.
—Probablemente— admitió Maxton sin inmutarse—. Pero también estoy desesperado. Y tú también lo estás, Karla. Tu padre enfrenta cargos criminales. Necesitas veinticinco mil dólares en cinco días. He hecho mi investigación.
La invasión de su privacidad debería haberla enfurecido, pero solo hizo que las lágrimas ardieran detrás de sus ojos.
—Piénsalo— dijo Maxton, entregándole una tarjeta—. Marcos se pondrá en contacto contigo mañana con los detalles del contrato. Si aceptas, pagaré la fianza de tu padre inmediatamente después de firmar el acuerdo.
Karla tomó la tarjeta con dedos temblorosos y salió casi corriendo.
Esa noche, en su apartamento, Karla se sentó frente a su laptop. El correo de Marcos había llegado a las ocho, con archivos adjuntos: un contrato de sesenta páginas, información del Dr. Villalobos, y un video etiquetado "Rebeca - Material de estudio".
Con el cursor temblando, Karla hizo clic.
El video mostraba a una mujer rubia aplicándose brillo labial frente a un espejo. Pero no era la mujer lo que hizo que el mundo de Karla se detuviera.
Era su reflejo en el espejo.
Los huesos. La estructura. La forma de los ojos. El ángulo de la mandíbula.
Era como ver una versión mejorada de sí misma.
—No— susurró Karla, retrocediendo—. No, no, no.
Su teléfono sonó. Marcos.
—¡¿Qué clase de broma enferma es esta?!— gritó ella—. ¡¿Me están pidiendo que me convierta en un puto clon de su esposa?! ¡¿Que me corte la cara?!
—Señorita Jiménez, entiendo que esto es abrumador...
—¡Abrumador! ¡Esto es psicópata! ¡Es antiético!
—El señor Vega solo quiere lo mejor para su hija...
—¡Entonces que le consiga una terapeuta, no una madre Frankenstein!
Karla colgó con fuerza. Sus manos temblaban, su respiración venía en jadeos, y las lágrimas finalmente se derramaron.
Marcos llamó inmediatamente a Maxton.
—Tenemos un problema. La señorita Jiménez acaba de... bueno, creo que la frase exacta fue "madre Frankenstein".
Maxton cerró la laptop con un clic seco.
—Jefe, son las once de la noche...
Veinte minutos después, el Maserati negro de Maxton se detuvo frente a un edificio deteriorado. Subió las escaleras —el ascensor tenía un letrero permanente de "fuera de servicio"— hasta el tercer piso, apartamento 3B.
Tocó con tres golpes firmes.
Karla abrió sin mirar, probablemente esperando a un vecino. Sus ojos se agrandaron cuando vio a Maxton perfectamente vestido en su umbral.
Pero lo que detuvo a Maxton en seco fue que tenía un cepillo de dientes a medio usar todavía en la boca, espuma de pasta dental en la comisura de sus labios, el cabello suelto y húmedo sobre sus hombros, usando una camiseta vieja y pantalones de pijama con patitos de goma.
Era el opuesto absoluto de la candidata nerviosa de su oficina. Era real. Descuidada. Vulnerable.
Y los huesos de su rostro, sin gafas, sin maquillaje, sin armadura...
Dios santo, era Rebeca antes de que Rebeca se convirtiera en obra de arte plástica.
—¿Qué... qué diablos hace usted aquí? — farfulló Karla alrededor del cepillo, antes de escupir rápidamente en el fregadero visible desde la puerta.
Maxton entró sin invitación, llenando el pequeño apartamento con su presencia.
—Vine a aclarar el malentendido— dijo, sus ojos recorriendo el apartamento. Los muebles de segunda mano. Las paredes agrietadas. La ventana con cortinas hechas de sábanas viejas.
Karla se cruzó de brazos, consciente de lo desaliñada que lucía.
—No hay malentendido. Usted quiere que me corte la cara para parecer su esposa.
—No quiero que te cortes la cara— corrigió Maxton, dando un paso más cerca—. Quiero realzar lo que ya está ahí. Los huesos, Karla. Ya tienes sus huesos. El resto es solo... refinamiento.
—Refinamiento— repitió ella con risa histérica—. Como si estuviera remodelando una casa.
—Exactamente— dijo él sin ironía—. Y estoy dispuesto a pagar cien millones por esa remodelación. Más lo que necesites para tu padre. Una nueva vida, Karla. Sin deudas. Sin preocupaciones. Solo...
—Solo mi cara— terminó ella, y algo en su voz se quebró—. Solo mi identidad.
Maxton sostuvo su mirada, y por un momento, Karla vio algo real debajo de esa frialdad. Algo desesperado y roto.
—Solo cinco años— susurró él—. Dame cinco años, y serás libre. Rica. Y tendrás el agradecimiento eterno de una niña que solo quiere que su madre la ame.
Los ojos de Karla se llenaron de lágrimas nuevamente.
—Déjame pensarlo— susurró finalmente.
Maxton asintió, sacó un sobre de su bolsillo y lo colocó en la mesa.
—Esto cubre gastos legales inmediatos y cualquier necesidad mientras decides. Cuando estés lista para aceptar, firma el contrato y tu padre saldrá libre el mismo día.
Simplemente se dio vuelta y salió, dejando a Karla mirando el sobre que podría cambiar su destino.
Mientras conducía de regreso en su Maserati, Maxton no podía quitarse la imagen de su mente. Karla con el cepillo de dientes, vulnerable y real y absolutamente perfecta en su imperfección.
Ya no era solo una candidata. Era la respuesta que había estado buscando.
Y por primera vez en semanas, sintió algo parecido a la esperanza.