La rutina de las siguientes dos semanas se desarrolló con una normalidad que Karla había aprendido a reconocer como peligrosa precisamente porque se sentía tan natural. Cada mañana comenzaba de la misma manera: el despertador a las 6:30 AM, seguido inmediatamente por el sonido de pequeños pies corriendo por el pasillo, y luego el peso cálido de Rubi lanzándose a su cama con una energía que contradecía la hora temprana.
—¡Buenos días, mamá! —el saludo se había convertido en un ritual, pronunciad