Mundo ficciónIniciar sesiónKarla no pudo dormir en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen de Rebecca en aquel video maldito, sonriéndole como un presagio de su propio destino.
Buscó distraídamente entre los archivos que Marcos le había enviado y encontró otro video. No era de Rebecca, sino de Ruby.
La grabación parecía haber sido tomada por una cámara de seguridad sin que la niña lo supiera; mostraba a Ruby jugando sola en un enorme salón. Llevaba una corona de plástico rosa y servía té imaginario a un grupo de peluches sentados en sillas pequeñas.
—Esta taza es para ti, mami —decía Ruby con su vocecita aguda, colocando una taza vacía frente a una silla desocupada—. La hice como a ti te gusta. Con dos terrones de azúcar.
El corazón de Karla sufrió una punzada de dolor.
—Papá dice que volverás pronto a casa —continuó la niña, charlando con el aire—. Dice que me extrañas mucho. ¿Es verdad, mami? ¿Me extrañas?
La inocencia que emanaba de la pantalla era devastadora. Karla tuvo que pulsar el botón de pausa mientras las lágrimas brotaban sin control; ya ni siquiera intentaba secárselas.
A las seis de la mañana, el teléfono vibró. Era Maxton: "Piénsalo con cuidado. Si necesitas más tiempo para decidir, dímelo. Entiendo que es difícil de procesar".
Karla miró el sobre que él había dejado la noche anterior. No lo abrió. Abrirlo significaría admitir que estaba considerando seriamente la propuesta.
Pero su padre estaba tras las rejas. Y a ella solo le quedaban cinco días.
Respondió: "Necesito tres días. Tres días para pensar y luego te daré una respuesta".
Maxton respondió casi al instante: "Concedido. Llámame en tres días".
Durante las siguientes 72 horas, Karla hizo algo que, de ser descubierta, podría haber sido calificado como acoso. Fue al "Jardín de Niños Rainbow".
No entró. Simplemente se sentó en una pequeña cafetería al otro lado de la calle, observando a través de la ventana que daba directamente al patio de juegos.
La primera vez que vio a Ruby, la reconoció al instante. Cabello oscuro y rizado, enormes ojos grises. Mientras los otros niños se agrupaban ruidosamente para jugar, ella se sentaba sola en el borde del arenero.
—¡Ruby es una rara! —gritó una niña rubia que vestía un impecable vestido rosa. Según su gafete, se llamaba Daniela.
—Mi mamá dice que su mamá no la quiere —añadió un niño pecoso con una crueldad casual—. Por eso nunca la trae a la escuela.
—Mi mamá dice que tal vez ni siquiera tiene una mamá de verdad —continuó Daniela.
Ruby no respondió. Solo abrazó con más fuerza su mochila en forma de unicornio, con los hombros temblando levemente. Era la postura de alguien que intenta con todas sus fuerzas no llorar en público.
—Mi mamá se fue de viaje —dijo finalmente Ruby, con una voz casi inaudible—. Volverá pronto.
—Sí, claro —se burló Daniela—. Apuesto a que ni siquiera existe.
Karla vio cómo la maestra Sofía finalmente intervenía, separando a los niños y llevando a Ruby adentro. Pero el daño ya estaba hecho.
Regresó al segundo día. Y al tercero también. Cada vez, la escena era similar. Ruby en su soledad. Ruby siendo el blanco de burlas, no porque su madre hubiera muerto —nadie lo sabía— sino porque su madre nunca la dejaba en la escuela, nunca asistía a los eventos, nunca aparecía. Los niños habían decidido que Ruby no tenía madre, lo que la convertía en el blanco perfecto.
El tercer día, Karla presenció una escena que terminó de quebrar su resistencia. Ruby estaba dibujando, con la punta de la lengua asomando por la concentración. Cuando terminó, le mostró el dibujo a la maestra Sofía.
Era una familia. Un papá alto. Una niña pequeña. Y al lado, dibujada con minuciosidad, una mujer de cabello largo y sonrisa radiante. Sobre el dibujo, escrito en letras grandes, decía: "Retrato familiar para cuando vuelva mami".
Karla cerró los ojos, sintiendo cómo su última línea de defensa se desmoronaba.
Esa noche, mientras luchaba con sus emociones, el teléfono vibró de nuevo. Era una llamada de la prisión donde estaba su padre, Ernesto. Su voz temblaba con ese tono característico de un hombre acostumbrado a que otros limpien sus desastres, sin pizca de vergüenza por el caos que provocaba.
—Karla, mi niña, por favor... —suplicó en su decimotercera llamada, con la voz dramáticamente entrecortada—. No puedo pasar un día más aquí. Los otros presos, la comida, el olor... es inhumano. Tienes que sacarme. Eres mi única hija, mi propia sangre...
Karla cerró los ojos con fuerza, apretando el teléfono contra su oreja, luchando por no gritar.
—¿Papá? —respondió Karla con voz trémula—. Estoy buscando la forma, papá. Es complicado...
La voz de Ernesto se volvió ronca y ansiosa: —¿Maldita niña? ¿Vas a sacarme de aquí o qué?
—No me importa lo complicado que sea —la voz de Ernesto se volvió fría y cortante—. No me importa lo que tengas que hacer; aunque te mueras ahí dentro, sácame de aquí. ¿Me oyes? Eres mi hija. Es tu responsabilidad.
El silencio que siguió fue desgarrador.
—¿Papá? —susurró Karla, pero él ya había colgado.
Karla se quedó mirando el teléfono, sintiendo que algo fundamental dentro de ella se derrumbaba. Su padre ni siquiera le había preguntado cómo estaba, ni había mostrado un ápice de preocupación por los sacrificios que ella tendría que hacer para conseguir el dinero. Solo exigencias, solo presión, solo aquel "aunque te mueras".
Se examinó en el espejo del baño, memorizando cada detalle de su rostro ordinario antes de que desapareciera para siempre.
Pensó en Ruby, sirviendo té en una silla vacía, hablando con fantasmas. Pensó en Ruby, sentada sola en el arenero, dibujando a una familia que nunca llegaría. Pensó en su padre, gélido e indiferente, exigiendo sacrificio sin ofrecer afecto. Pensó en los cien millones de dólares y en los cinco años de su vida.
Tomó el teléfono y llamó a Marcos.
—Dile a tu jefe —su voz sonaba como si viniera de un lugar muy lejano— que acepto. Acepto todo. El contrato. La cirugía. Convertirme... convertirme en ella.
Hubo un largo silencio al otro lado de la línea.
—¿Está segura, señorita Jiménez?
—No —sonrió ella con amargura—. No estoy segura de nada. Pero dile que, aun así, acepto.





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