El primer indicio de que algo estaba terriblemente mal llegó un martes por la tarde, tres días después de aquella noche que Karla había estado tratando de no pensar pero que se reproducía en su mente durante cada momento de quietud.
Había llevado a Rubi a su clase de ballet—una actividad nueva que la niña había pedido tímidamente y que Karla había inscrito inmediatamente, incapaz de negarle nada que la hiciera feliz. El estudio de danza estaba a quince minutos del penthouse, en un edificio reno