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Capítulo 2:La mentira del funeral

El funeral de Rebeca fue una obra maestra de la discreción forzada. No hubo fotos de la difunta. No hubo obituarios en los periódicos. No hubo hordas de reporteros aglomerándose en las puertas del salón mortuorio como buitres hambrientos de escándalo. Marcos había hecho su trabajo con la eficiencia implacable que lo caracterizaba, asegurándose de que las circunstancias vergonzosas de la muerte de Rebeca —la traición, las drogas, el amante criminal— permanecieran enterradas tan profundamente como el cuerpo que pronto descansaría bajo tierra.

Las flores blancas cubrían cada superficie del salón mortuorio privado como una nevada falsa, pero no había una sola fotografía de la difunta. Ni un retrato sonriente. Ni una imagen proyectada en pantallas. Solo un ataúd cerrado de caoba oscura, sellado y silencioso como los secretos que contenía.

Maxton había sido muy específico en sus instrucciones: nada que pudiera asociarse con el rostro de Rebeca. Nada que Rubi pudiera ver y reconocer más tarde. Nada que comprometiera la narrativa cuidadosamente construida de que "mami está de viaje".

Menos de cincuenta personas asistieron. Todas cuidadosamente seleccionadas. Todas bajo estrictas instrucciones de discreción.

La niña estaba a su lado ahora, con un vestido negro que Maxton había comprado esa misma mañana porque no tenía ropa de luto en su armario. ¿Por qué una niña de seis años tendría ropa de funeral? Sostenía la mano de su padre con fuerza, sus ojos grises enormes recorriendo el salón con confusión.

—¿Por qué estamos aquí, papi? —preguntó Rubi con su vocecita, tirando de la manga de su traje negro.

Las palabras se atascaron en la garganta de Maxton como alambre de púas. Había pasado los últimos tres días preparándose para este momento, pero ninguna cantidad de ensayo mental podía suavizar la crueldad de lo que estaba a punto de hacer.

Se arrodilló frente a ella, ajustando el vestido negro que la hacía parecer demasiado pequeña, demasiado frágil para el peso de las mentiras que estaba por cargar sobre sus hombros.

—Este es el funeral de un amigo de papá, princesa —dijo con una voz que había practicado hasta que sonara convincente—. Alguien muy importante que tuvo que irse. Vine para despedirme, y te traje porque no quería dejarte sola en casa.

Los ojos grises de Rubi —tan parecidos a los suyos— se llenaron de confusión.

—¿Por qué todos están tan tristes por tu amigo?

—Porque era una buena persona que se fue demasiado pronto —mintió Maxton, abrazando a su hija mientras construía un monumento de mentiras sobre la tumba de una mujer que nunca mereció el amor de esta niña.

—¿Por qué no hay foto de la persona que murió, papi? —preguntó Rubi, mirando alrededor del salón mortuorio con confusión infantil.

Maxton sintió como si alguien le hubiera clavado un puñal en las costillas, pero mantuvo su expresión neutra.

—Porque... porque así lo quiso la familia, mi amor. A veces las personas prefieren recordar a sus seres queridos como eran en vida, no en la muerte.

Era una mentira piadosa. Una más en la montaña de mentiras que tendría que construir para proteger a su hija.

Los asistentes —ejecutivos de Vega Industries, socios comerciales, algunos familiares lejanos de Rebeca— se movían por el espacio con expresiones cuidadosamente neutrales, como si todos compartieran un secreto vergonzoso que nadie se atrevía a mencionar en voz alta.

Marcos se acercó discretamente, inclinándose para susurrar al oído de Maxton:

—Todo está controlado. Los medios no tienen nada. El certificado de defunción lista causas médicas ambiguas. La historia oficial es que su esposa está de viaje de negocios prolongado en Asia. Nadie fuera de este círculo sabe la verdad.

Maxton asintió levemente. La imagen corporativa de Vega Industries era intocable. No podía permitir que la verdad vergonzosa de cómo había muerto su esposa —follando con un criminal suicida, drogada, en un pacto de muerte— manchara décadas de reputación construida.

Pero había otra razón más calculadora para el secreto. Un plan que apenas estaba tomando forma en su mente. Si la muerte de Rebeca se hacía pública, el plan de buscar una "madre sustituta" perdería todo sentido. ¿Cómo explicaría la aparición repentina de una mujer idéntica a su esposa "fallecida"? No, la muerte debía permanecer oculta. Rebeca simplemente estaba "de viaje". Y cuando regresara... Sería alguien completamente diferente bajo la misma piel.

—¿Papi, cuándo vuelve mami? —preguntó Rubi, rompiendo sus pensamientos.

—Pronto, mi amor. Muy pronto.

Esa noche, después de acostar a Rubi con tres cuentos y una docena de promesas de que todo estaría bien, Maxton se encerró en su estudio con una botella de whisky de cincuenta años y una idea que habría hecho que cualquier persona cuerda lo internara en un psiquiátrico.

La pantalla de su laptop brillaba en la oscuridad mientras sus dedos volaban sobre el teclado, redactando el documento más demente de su vida profesional. Marcos había llegado a las diez de la noche, con ojeras que hablaban de tres días sin dormir adecuadamente, y ahora lo observaba con una mezcla de horror y fascinación.

—Déjame ver si entendí correctamente, jefe —dijo Marcos, aflojándose la corbata con manos temblorosas—. Quiere gastar cien millones de dólares para encontrar a una mujer que esté dispuesta a someterse a cirugía plástica completa para parecerse a tu esposa, aprender todos sus gestos y hábitos, y básicamente... ¿vivir como su clon?

Maxton tomó un trago largo de whisky antes de responder, sintiendo cómo el líquido quemaba todo el camino hacia abajo.

—No es un clon. Es una madre. Rubi necesita una madre que la ame, que esté presente, que no la abandone por follar con criminales suicidas.

La crudeza de sus palabras hizo que Marcos se encogiera, pero Maxton continuó, implacable.

—Y necesito que esto sea absolutamente confidencial. Nadie puede saber de esta búsqueda. Nadie. Si esta información sale a la luz, podría ser usada en mi contra por competidores. ¿Entiendes? Esto es una operación completamente secreta.

—Jefe, esto es... —Marcos se pasó una mano por el rostro—. Esto es una locura. Es antiético. Es probablemente ilegal en varios países.

—Por eso estoy pagando cien millones de dólares —replicó Maxton con una frialdad que habría congelado el infierno—. Necesito que encuentres candidatas a nivel mundial. Mujeres entre veintiocho y treinta y cuatro años. Deben hablar español, inglés y coreano con fluidez, porque Rebeca era traductora antes de... antes de convertirse en lo que se convirtió. También necesito que tengan experiencia en redes sociales, especialmente en contenido de belleza y moda.

Marcos guardó silencio durante un largo minuto, observando a su jefe con ojos que ya no reconocían al hombre que había conocido durante cinco años. Finalmente, suspiró con la resignación de alguien que sabe que ha perdido una batalla antes de comenzar a pelearla.

—¿Cuándo quiere que comience la búsqueda?

—Ahora. Y Marcos... absoluta discreción. Si alguien pregunta, estamos buscando una traductora para el departamento internacional. Nada más.

Durante las siguientes dos semanas, el penthouse de Maxton se convirtió en el centro de operaciones de la búsqueda más extraña y cara en la historia del reclutamiento corporativo. Marcos trabajaba dieciocho horas al día, filtrando currículums de mujeres de cincuenta y tres países diferentes. Algunas eran aventureras buscando emociones fuertes. Otras eran mercenarias puras, atraídas solo por el dinero. La mayoría eran profundamente inadecuadas.

Maxton rechazaba a todas con la misma expresión fría y calculadora que usaba para despedir ejecutivos incompetentes.

Fue en la tercera semana cuando Marcos cometió el error que cambiaría todo. Eran las tres de la madrugada y el asistente había pasado de tomar café a consumir bebidas energéticas directamente de la lata. Sus ojos ardían por el cansancio mientras arrastraba archivos sin darse cuenta de que había seleccionado uno de más.

El currículum de Karla Jiménez se coló entre los perfiles como un polizón en un crucero de lujo.

Maxton lo abrió tres días después. La foto adjunta lo detuvo en seco. La mujer no era atractiva según los estándares convencionales. Su cabello castaño estaba recogido en una cola de caballo descuidada, las gafas de montura gruesa dominaban su rostro, y su piel mostraba las marcas leves del acné que había superado recientemente. Pero los huesos de su rostro... Dios, los huesos de su rostro.

Maxton amplió la imagen, estudiando cada milímetro con la intensidad de un cirujano plástico. La estructura ósea era casi idéntica a la de Rebeca. Los pómulos altos, la mandíbula definida pero femenina, la distancia entre los ojos, la forma de la nariz antes de las rinoplastias. Era como ver un boceto en lápiz de una pintura al óleo famosa. Todo estaba ahí, esperando ser refinado, pulido, transformado.

Revisó el resto del currículum. Karla Jiménez, veintiocho años, traductora certificada en español, inglés y coreano. Y al final: un enlace a su cuenta de I*******m.

Maxton hizo clic. La cuenta era pequeña, pero el contenido era exactamente lo que necesitaba. Tutoriales de maquillaje económico. Reseñas de productos de belleza de farmacia. Autenticidad pura. Era perfecta.

Maxton llamó a Marcos a las seis de la mañana.

—Necesito que programes una entrevista con Karla Jiménez. Hoy.

—¿Quién? —la voz de Marcos sonaba pastosa por el sueño.

—La traductora. La del currículum del martes.

Hubo un silencio largo y horrible.

—Jefe... esa candidata fue un error. Ella aplicó para traducción, no para...

—Me importa una m****a —interrumpió Maxton—. Programa la entrevista. Posición especial, bien remunerada, discreción absoluta. Sin mencionar nada más.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Karla Jiménez miraba fijamente la notificación legal. Su padre había causado un accidente conduciendo ebrio. Tres vehículos dañados, dos personas hospitalizadas, y una fianza de veinticinco mil dólares que debía pagarse en ocho días.

Karla había agotado todos sus ahorros. Los trabajos freelance apenas cubrían la renta.

Su teléfono vibró. Un email de Vega Industries. Entrevista personal con el CEO. Hoy. "Compensación sustancial." Respondió en menos de dos minutos.

No tenía idea de que estaba a punto de vender su rostro por cien millones de dólares y la sonrisa de una niña que ni siquiera conocía.

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