El mundo de Karla se detuvo. El teléfono casi se le cae de las manos. Su boca se secó instantáneamente mientras sentía como si alguien le hubiera vaciado los pulmones de aire.
—No sé de qué hablas —mintió, pero su voz sonaba hueca incluso para sus propios oídos.
Una risa burlona atravesó la línea telefónica como un látigo.
—Claro que lo sabes. Karla Jiménez, veintinueve años, traductora independiente, hija del alcohólico Ernesto Jiménez. La mujer que firmó un contrato de cien millones de dólare