El mundo de Karla se detuvo bruscamente en ese instante.
El teléfono casi se le resbaló de las manos; sentía las yemas de los dedos entumecidas. Su garganta estaba seca, como si el aire hubiera sido succionado de la habitación, dejando solo un eco vacío en su pecho.
—No sé de qué estás hablando —mintió, pero su voz sonó tan frágil que le resultó ajena.
Al otro lado de la línea se escuchó una risa fría, como un latigazo que atravesó el auricular y le lastimó el oído:
—Claro que lo sabes. Karla J