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Capítulo5:Madre de mentira, hija de verdad

El despacho del notario Ramírez olía a papel viejo y secretos bien guardados. Era un hombre de unos sesenta años, con gafas de medialuna y una discreción que probablemente había sido cultivada a través de décadas de manejar los asuntos sucios de gente rica. El tipo de hombre que podía leer un contrato sobre la compra de una identidad humana y no pestañear siquiera.

—Entonces, para resumir— dijo el notario Ramírez, hojeando el documento de setenta y tres páginas con la indiferencia de quien revisa una lista de compras—, el señor Maxton Vega se compromete a pagar a la señorita Karla Jiménez la suma total de cien millones de pesos, distribuidos en pagos mensuales durante un período de cinco años. A cambio, la señorita Jiménez acepta someterse a procedimientos de modificación estética, entrenamiento conductual, y asumir el rol de madre y esposa en el hogar del señor Vega.

Karla sintió cada palabra como una gota de ácido sobre su piel. Modificación estética. Como si estuvieran hablando de renovar un apartamento en lugar de reconstruir completamente su rostro.

Maxton estaba sentado al otro lado de la mesa masiva de caoba, perfectamente compuesto en su traje gris oscuro que probablemente costaba más que el carro de Karla. Sus ojos grises la observaban con una intensidad que hacía que su piel hormigueara, aunque ella no podía determinar si era por atracción o por miedo.

—Cláusula siete— continuó el notario—. El señor Vega mantiene todos los derechos parentales sobre la menor Rubi Vega. La señorita Jiménez no tiene derecho legal a la custodia en caso de terminación del contrato. Cláusula ocho: confidencialidad absoluta. La revelación de los términos de este acuerdo a cualquier tercero resultará en la terminación inmediata del contrato y la devolución completa de todos los pagos recibidos.

Era un contrato de esclavitud envuelto en papel bond y sellos oficiales. Karla lo sabía. Maxton lo sabía. El notario definitivamente lo sabía. Pero todos jugaban el juego de pretender que esto era normal, legal, moralmente aceptable.

—¿Alguna pregunta antes de proceder con las firmas? — preguntó el notario Ramírez, mirándolos por encima de sus gafas.

Karla tenía mil preguntas. ¿Qué pasa si me arrepiento? ¿Qué pasa si Rubi me odia? ¿Qué pasa si me miro al espejo después de la cirugía y no reconozco a la persona que me devuelve la mirada? ¿Qué pasa si me enamoro de este hombre frío y calculador que está comprando mi identidad como quien compra un mueble?

—Ninguna— dijo ella en cambio, tomando la pluma que el notario le ofrecía. Su firma temblaba ligeramente mientras escribía su nombre en la línea punteada. Karla Jiménez. Las últimas dos palabras que escribiría como ella misma antes de convertirse en el fantasma de otra mujer.

Maxton firmó con una confianza fluida y practicada, como si estuviera cerrando otro trato corporativo más. Pero Karla notó cómo sus dedos se tensaban ligeramente alrededor de la pluma, el único signo de que esto significaba algo más que negocios para él también.

—Felicidades— dijo el notario con una sonrisa profesional que no alcanzaba sus ojos—. Legalmente hablando, por supuesto.

Dos horas después, Karla recibió la llamada que había estado esperando y temiendo en igual medida. Marcos, con su voz perpetuamente calmada, le informó que Ernesto había sido liberado, que todos los cargos habían sido suspendidos pendiente de una evaluación psicológica y un programa de rehabilitación que Maxton había generosamente acordado financiar.

Su padre estaba libre. El precio estaba pagado. Ahora solo quedaba cumplir con su parte del trato.

Un año después

El Mercedes negro se detuvo frente al penthouse de Maxton exactamente a las tres de la tarde de un viernes soleado. Karla miró por la ventana tintada hacia el edificio que sería su prisión dorada durante los próximos cinco años y respiró profundamente.

El último año había sido un infierno meticulosamente coreografiado. Las cirugías habían venido primero: el Dr. Villalobos había reconstruido su rostro pieza por pieza. Rinoplastia, blefaroplastia, implantes y rellenos. Cada procedimiento traía consigo un dolor que la hacía llorar frente al espejo al ver cómo su propio rostro desaparecía día a día, reemplazado por el de una extraña.

Luego vino el entrenamiento con Valentina. Había estudiado horas de videos de Rebeca, memorizando cada gesto, cada inflexión de voz, incluso la forma específica de insertar palabras en coreano en medio de frases en español. Se había convertido en un clon. Karla Jiménez había muerto lentamente, y en su lugar había nacido un simulacro perfecto de Rebeca Vega.

Mientras subía en el ascensor privado, Karla se miró en el espejo. El cabello rubio platinado, los ojos azules por lentes de contacto y el cuerpo esbelto en un vestido de diseñador. Era hermosa. Era Rebeca. Ya no era ella misma.

Las puertas del ascensor se abrieron directamente en la sala del penthouse, bañada por la luz dorada del atardecer. Allí estaba Maxton. Su expresión al verla fue de puro shock, seguido por algo más oscuro: deseo crudo y sin filtrar. Él dio un paso hacia ella, con la mano temblando, alcanzando su rostro como si quisiera confirmar que era real.

—Rebeca —susurró él, y el nombre salió como una oración y una maldición mezcladas.

Antes de que Karla pudiera reaccionar, un grito agudo atravesó el momento.

—¡MAMÁ!

Una niña pequeña corrió desde el pasillo, con sus ojos grises brillando con una alegría desgarradora. Rubi. La niña se lanzó contra las piernas de Karla, abrazándola con intensidad desesperada mientras sollozaba contra su vestido.

—Mamá, volviste. ¡Te extrañé tanto! ¿Por qué te fuiste tanto tiempo? ¿Ya no me amas?

Cada pregunta era una puñalada. Karla sintió las lágrimas arder, pero no podía llorar; Rebeca no lo habría hecho. Sin embargo, su instinto maternal no le permitió rechazar a esa niña rota. Se arrodilló lentamente, ignorando cómo el vestido caro se arrugaba contra el mármol, y la envolvió en sus brazos.

—Estoy aquí ahora, mi amor —susurró con la voz de Rebeca, pero con el alma de Karla—. Mamá está aquí y nunca te va a dejar otra vez. Te lo prometo.

Rubi se aferró a ella como a un salvavidas. En ese momento, Karla entendió que esto ya no era solo un contrato por dinero o por salvar a su padre. Rubi era real. Al levantar la mirada, se encontró con los ojos de Maxton, que la observaba con una mezcla de gratitud y culpa.

Karla comprendió entonces su verdadera función: no sería solo una esposa falsa, sino el puente entre la muerte y la vida. Era una segunda oportunidad, no para la difunta Rebeca, sino para todos ellos. Si tan solo pudieran sobrevivir a las mentiras el tiempo suficiente para encontrar algo real debajo de la actuación.

—Bienvenida a casa —dijo Maxton finalmente, con voz ronca.

Y Karla, sosteniendo a su hija falsa contra su pecho, respondió: —Gracias. Es bueno estar en casa.

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