Mientras el jet privado de los Rossi surcaba los cielos con destino a Las Vegas, la mansión de seguridad se había transformado en un hormiguero de actividad estratégica y emocional. No era solo una casa; era un cuartel general, un hospital y, ahora, el escenario de un teatro fúnebre diseñado para engañar a la mismísima muerte.
En el ala subterránea de la mansión, donde el aire era más fresco y olía a aceite de armas y electrónica, el ambiente era puramente táctico. Carter, Salvatore y Lucius ro