Mientras en Nevada los preparativos del funeral continuaban, el sol de Calabria golpeaba con una intensidad engañosa las paredes de piedra de la mansión Rossi, un lugar que, a pesar de su belleza, se sentía como una jaula de cristal para quienes conocían los secretos que se cocinaban tras sus puertas. Francesco caminaba por el despacho principal con una energía nerviosa que amenazaba con desbordarse. Frente a él, el abuelo Don Marcos, el patriarca que lo había visto todo, permanecía sentado con