El aire de Sicilia estaba cargado con el perfume de los limoneros y la promesa de una noche histórica. Durante semanas, la mansión Lombardi había sido un refugio de paz, desayunos y meriendas en el jardín, tardes de juegos y paseos, pero hoy, esa paz se transformaba en una celebración de poder y familia. No era una cena cualquiera; era el reencuentro de los clanes, la unión de las piezas más fuertes del tablero en un ambiente de absoluta armonía.
Horas antes del atardecer, el sonido rítmico de