La lluvia comenzaba a caer con furia sobre los cristales de la Villa Lombardi, como si el cielo estuviera purgando pecados antiguos. Afuera, el viento aullaba entre los cipreses, como si los fantasmas del pasado quisieran colarse entre las grietas. Dentro, Alessa caminaba por los pasillos en silencio, con Gabriela dormida contra su pecho, envuelta en una manta bordada de marfil. Su perfume infantil se mezclaba con el leve aroma de Shumukh, que seguía flotando en el ambiente como un espectro que