El sol asomaba con timidez sobre los viñedos, bañando la Villa Lombardi con una luz suave, como si quisiera acariciar sus muros después de tanta tormenta. El aire olía a pan recién horneado, a jazmín húmedo, a paz momentánea.
Alessa despertó con la pequeña Gabriela entre los brazos. La bebé respiraba tranquila, con los labios entreabiertos y el ceño ligeramente fruncido, como si soñara con pequeñas batallas que ya estaba destinada a ganar. Alessa la contempló por unos minutos, acariciándole el