A la mañana siguiente, el sol comenzaba a bañar los viñedos con su luz dorada. El cielo se abría como un ojo dormido que apenas empezaba a recordar el mundo. Todo olía a hierro, romero y tierra mojada, como si el universo exhalara recuerdos de sangre y promesas rotas.
Alessa bajó sola hasta el salón principal. Cada paso suyo resonaba con firmeza. Sus nudillos estaban marcados, sí, pero ya no por el dolor del vacío, sino por la disciplina adquirida y por una voluntad que se templaba como el acer