El último grito de Luca se apagó en la oscuridad del sótano, ahogado por el golpe final. Salvatore se enderezó, limpiando el sudor de su frente con el dorso de su brazo limpio. El monstruo había saciado su sed. Dejó el cuerpo sin vida atrás y subió las escaleras, dejando que el frío de la piedra diera paso al calor de la mansión. Caminó con pasos silenciosos por el pasillo. Primero, abrió con cuidado la puerta de la habitación de Gabrielle; el niño estaba sumido en un sueño profundo. Luego, hiz