El chasquido del cerrojo reverberó en la piedra húmeda como el veredicto de un juez sordo.
Dentro de la bodega, el aire estaba viciado. Olía a taninos rancios de barriles olvidados, a moho y al hedor inconfundible del sudor frío del pánico. Bajo la luz amarillenta y zumbante de la única bombilla, la escena parecía sacada de la Inquisición.
En una esquina, el chofer se mecía sobre sí mismo, murmurando rezos ininteligibles mientras acunaba su mano destrozada contra el pecho. En el centro, atado a