El chasquido del cerrojo reverberó en la piedra húmeda como el veredicto de un juez sordo.
Dentro de la bodega, el aire estaba viciado. Olía a taninos rancios de barriles olvidados, a moho y al hedor inconfundible del sudor frío del pánico. Bajo la luz amarillenta y zumbante de la única bombilla, la escena parecía sacada de la Inquisición.
En una esquina, el chofer se mecía sobre sí mismo, murmurando rezos ininteligibles mientras acunaba su mano destrozada contra el pecho. En el centro, atado a una silla de roble pesado con bridas de plástico que le cortaban la circulación, Luca temblaba tan fuerte que las patas de la silla repiqueteaban contra el suelo de piedra.
Thiago y Francesco estaban de pie en las sombras, cerca de la puerta, con los brazos cruzados. Eran las gárgolas del infierno, los testigos silenciosos de la caída del ángel.
Salvatore caminó hasta el centro de la habitación.
No hubo gritos ni insultos. Caminó hacia una vieja mesa de madera junto a la pared, que antes se usa