El jet surcó los cielos teñidos de púrpura, alejándose de Nueva York como si escapara de la pesadilla que apenas comenzaba a materializarse. Isabella, sentada junto a la ventanilla, observaba cómo las luces de la ciudad se convertían en un lejano mar de diamantes, luego en un simple resplandor y, finalmente, se perdían entre las nubes.
En sus manos, aún temblorosas, sostenía las fotos que habían llegado en aquel sobre maldito. Imágenes de sus hijos riendo en Central Park, de ella comprando con Fiore, de Alessandro absorto en la exposición de robótica. Eran recuerdos felices convertidos en una advertencia siniestra: Los estamos vigilando. Sabemos todo.
Un frío más profundo que el de la altitud se le instaló en el pecho. Cerró los ojos, intentando ahogar el pánico que quería estrangularla. Había fallado. Por un instante, había bajado la guardia, y alguien había llegado a rozar a su hija. La imagen de Fiore tomada de la mano de aquel hombre con uniforme falso le provocó náuseas.
—¿Un té,