Finalmente los autos se detuvieron frente al edificio. Al entrar, Nicolás Strauss los recibió personalmente en el vestíbulo principal, con una inmensa sonrisa que le iluminaba el rostro.
— ¡Mírenlos a todos! —exclamó, abriendo los brazos en un gesto amplio. Su mirada se posó en Marco—. ¡Y mírate! Estás enorme, muchacho. ¿Sigues practicando béisbol?
—Sí, padrino —respondió Marco, sonriendo por primera vez desde el incidente en el parque—. Aunque por el viaje muchas cosas quedaron en pausa. ¿Lau y Nico cómo están? Me encantaría verlos.
—Están con su madre, tenían un evento escolar al que asistir —explicó Strauss, poniendo un brazo sobre los hombros del chico—. Pero no te preocupes, ya que estarán aquí en Nueva York un tiempo, podremos reunirnos.
Isabella y Nicolás intercambiaron una mirada rápida, una comunicación silenciosa de años de amistad y entendimiento. No necesitaban palabras para comprender que, dadas las circunstancias, quizás pronto tendrían que marcharse de la ciudad.
La vis