Finalmente los autos se detuvieron frente al edificio. Al entrar, Nicolás Strauss los recibió personalmente en el vestíbulo principal, con una inmensa sonrisa que le iluminaba el rostro.
— ¡Mírenlos a todos! —exclamó, abriendo los brazos en un gesto amplio. Su mirada se posó en Marco—. ¡Y mírate! Estás enorme, muchacho. ¿Sigues practicando béisbol?
—Sí, padrino —respondió Marco, sonriendo por primera vez desde el incidente en el parque—. Aunque por el viaje muchas cosas quedaron en pausa. ¿Lau