Bajo el sol generoso de la tarde, la playa de arena blanca y polvo de coral era un lienzo de alegría pura. Leonardo, con sus piececitos enterrados en la arena, reía a carcajadas cada vez que una ola suave lamía la orilla y Arthur lo levantaba en el aire para esquivarla, haciendo el sonido exagerado de un motor. Fiore y Alessandro, ya con sus trajes de baño, construían un castillo de complicadas geometrías, discutiendo con seriedad arquitectónica sobre la ubicación de cada torre. Marcos, al otro