La noche había absorbido completamente el último vestigio de la fiesta. Donde horas antes resonaban risas y música, ahora solo quedaba el eco metálico del silencio y el peso palpable del desastre. El jardín, decorado con tanto esmero, parecía una escenografía abandonada después de una tragedia griega.
Salvatore observaba desde la terraza, una copa de whisky intacta en su mano sana. Su mirada seguía el camino de grava donde las luces del auto de Nick habían desaparecido, llevándose consigo no solo a un hombre, sino una parte del equilibrio familiar que tanto les había costado construir.
Detrás de él, en el salón principal, la escena era de contención y cuidado. Isabella, ahora envuelta en un chal sobre sus hombros desnudos, con la mirada perdida en un punto invisible.
Charly se acercó a su hermana con una taza de té humeante.
—Toma, Isa. Anita lo preparó con manzanilla y miel —dijo, su voz un susurro respetuoso del momento que se respiraba.
Isabella aceptó la taza con manos que apenas