La noche se tragó las luces del auto de Nick y, con él, una parte del alma de Isabella. En el camino de grava frente a la Mansión Moretti, solo quedaban los ecos de los sollozos de Fiorella y el silencio roto por la respiración entrecortada de la mujer que había visto marcharse, por segunda vez en su vida, al hombre que había amado.
El jardín, antes un escenario de alegría prestada, era ahora un campo de batalla emocional arrasado. Las guirnaldas de colores colgaban como banderas derrotadas; la