La noche se tragó las luces del auto de Nick y, con él, una parte del alma de Isabella. En el camino de grava frente a la Mansión Moretti, solo quedaban los ecos de los sollozos de Fiorella y el silencio roto por la respiración entrecortada de la mujer que había visto marcharse, por segunda vez en su vida, al hombre que había amado.
El jardín, antes un escenario de alegría prestada, era ahora un campo de batalla emocional arrasado. Las guirnaldas de colores colgaban como banderas derrotadas; la piñata en forma de caballito de mar, intacta, se mecía con el viento como un péndulo fúnebre. El aroma a comida asada y dulce se mezclaba con el regusto amargo de las lágrimas y la violencia.
Isabella, arrodillada en el suelo, abrazaba a Fiorella con una fuerza desesperada. La niña, agotada, había dejado de llorar a gritos y ahora solo emitía un quejido bajo y constante, como un animal herido. Sus pequeños dedos se aferraban al vestido de su madre.
—Shhh, mi vida, shhh —murmuraba Isabella, acar